Y otras publicaciones

Macarena Torre ha colaborado con algunos de sus cuentos y relatos, tanto infantiles como para adultos, en otras publicaciones. Y aunque se define, principalmente, como una autora de narrativa y prosa, también aparecen poemas suyos en diversos poemarios, con la única finalidad de contribuir en un proyecto interesante o solidario. Pues, según palabras de la autora, lo hace como amante de la poesía y con todo el respeto del mundo hacia los poetas, sin pretensión alguna, ya que no es su género literario.

A continuación, puedes leer algunos de ellos en libros, revistas y poemarios.

EN LIBROS

“MUJERES EN EL ESPEJO. ANTOLOGÍA DE RELATOS”

Selección y prólogo: Inmaculada Calderón Gutiérrez Editorial: Los Libros de Umsaloua.

Son trece relatos, trece espejos para asomarnos y ver en ellos el reflejo de nosotras mismas, trece autoras de diversa edad y circunstancias, dos de ellas acogidas al anonimato del pseudónimo, que se han unido para dar a luz un libro caleidoscópico en el que sus voces polifónicas forman un hermoso canto coral.

La autora participa en este libro con dos relatos: “La hija de la Cenicienta” y “Confidencias a media luz”. Este último, bajo el pseudónimo de Eliza Bohóquez (Eliza, en homenaje a la protagonista de “Hija de la Fortuna” de Isabel Allende, su autora favorita).

EN REVISTAS

“LEONA”

Publicado en la revista de verano 2013 “La voz de Canópolis”, del Refugio de Fundación Trifolium, de Barcelona.

Dedicado a la memoria de la gatita de Leticia Gijón (F. Trifolium).

Leona, una gatita atigrada de color humo, nacida en un descampado y superviviente de una camada salvaje, llegó una noche, desorientada  y hambrienta,  atraída por el aroma de un rico paté de salmón, a la valla de un chalé vecino.

Sigilosa y agazapada, se encaramó a la encalada tapia que la distanciaba de aquel manjar  y, cuando vislumbró que no había peligro en el horizonte, saltó a la rama de un árbol cercano con destreza.  Sorteó la piscina, los árboles y los rosales amarillos del jardín, y logró aproximarse al porche de la casa.  Empinó sus orejas y las giró cual antenas parabólicas, olisqueando el ambiente;  afinó su visión felina y detectó  a un gato que la observaba a través de los enormes cristales que tenía ante sí. Aquella presencia inesperada la puso en guardia y la hizo titubear unos segundos, mas cuando comprendió que su contrincante no podría alcanzarla jamás,  no se lo pensó dos veces, y se lanzó sobre el plato gatuno con un hambre voraz. Nunca había probado nada igual… ¡Qué delicia de dioses! Contenta, se relamió los bigotes, se aseó ligeramente y desapareció como un rayo en la oscuridad.

Cada madrugada, hábil y avispada, la pequeña ladrona repitió el mismo ritual para robarle los restos de comida a Bruno, el veterano gato siamés que la esperaba expectante y sin mostrar hostilidad. Hasta que un día, cuando más enfrascada estaba rebañando con su áspera lengua un sabroso paté de pavo, se encendió la luz de repente, dejándola al descubierto. Inmóvil, atemorizada y atrincherada tras un macetón de cintas blancas, observó unos pasos humanos que se acercaban con determinación hacia ella, mientras una voz femenina, cálida y amigable, le hablaba en un lenguaje desconocido. Estaba acorralada… Y, aunque el miedo casi la paralizaba, consiguió saltar los escalones del porche y correr a toda velocidad hacia la cancela del jardín. Desapareciendo como una exhalación, a lo lejos.

Superado el susto de la noche anterior, Leona regresó en busca de más alimento. Pero se encontró una situación diferente. En el porche, entre penumbras, la esperaba sentada en una butaca de mimbre una mujer joven, adormilada.  Y desparramado en la mesa central, el anciano Bruno, quien levantó la cabeza y la miró a los ojos, autorizándola a acercarse con su mirada. Entonces Leona, con sumo cuidado y respeto, se acercó al plato y engulló a toda prisa su contenido, que era más abundante que otras veces. Y en cuanto sintió el más mínimo movimiento, huyó despavorida.

Así, noche tras noche, la gatita furtiva se fue acostumbrando a la presencia de aquella humana paciente que le regalaba agua fresca y exquisita comida, y a la de un viejo gato solitario, que nunca la amenazó ni la echó de su propiedad, brindándole su amistad hasta el punto de compartir con ella juegos, chucherías y horas de sueño.

Al cabo de un mes, Leona cruzó la línea de la confianza, superó su recelo y aceptó un acercamiento con la mujer que la cuidaba. El primer contacto fue  un leve roce de una suave mano en su lomo, que la hizo retroceder de inmediato, pero que, en el fondo, no le desagradó.  Más tarde, hubo un segundo toque, y luego, un tercero… y varios más que fueron aumentando y se acabaron convirtiendo en una infinidad de mimos y caricias. ¡Qué gozada para la gatita! Fue todo un descubrimiento para sus sentidos… ¡Qué gustito sentir esos dedos entre su pelaje! ¡Qué bien le rascaban detrás de las orejas!  ¡Y en la barriga…! Leona ya no se resistía y se acabó rindiendo a las muestras de cariño, que agradecía con un suave  ronroneo.

Sentía tanta alegría y amparo que ya no deseaba marcharse al amanecer. Ni tuvo interés en explorar otros universos. A partir de aquellos emocionantes encuentros, las noches y los días se fueron empalmando unos con otros, y permaneció unida al lugar como un imán.

Acabó formando parte de aquella familia adoptiva, disfrutando del hermoso jardín y de la confortable casa como de su hogar; recibiendo cuidados veterinarios que la protegieron de enfermedades felinas, y siendo identificada con un microchip para poder ser localizada si se perdía.

Los meses se fueron sucediendo, llegó la primavera, y con ella el reloj biológico de la naturaleza la dominó por completo. Su instinto la empujó a  buscar amantes gatunos y vivió romances a la luz de la luna llena que finalizaron en la materialización de cinco criaturitas de pelaje diverso a las que cuidó con la entrega y celo de una madre abnegada, y que se convertirían más adelante en las delicias de otras familias humanas.

Pasó el tiempo y, en medio de una existencia asentada y pacífica, Leona experimentó la maternidad por segunda vez, llegando a poner en riesgo su propia vida en un complicado parto, lo que preocupó enormemente a su dueña, que no dejaba de rezar mientras la asistía, y juraba  no permitir que volviera a sufrir de aquella manera.  El haber podido perder a su gatita  y la enorme dificultad para encontrar familias que quisieran hacerse cargo de los bebés gatunos, la convencieron para tomar una dolorosa decisión desde la responsabilidad.

Y poco después, en una visita especial a la clínica veterinaria, Leona despertó de un sueño anestesiado que la hizo regresar a su más tierna infancia, trance que sirvió para alargarle la vida, protegerla frente a infecciones ajenas y evitar camadas no deseadas.

Si hubiera continuado sola y abandonada en la calle, su vida hubiera sido muy distinta, víctima del hambre,  atropellos, maltratos, partos arriesgados, enfermedades mortales y mil peligros más. Pero fue muy afortunada por haber encontrado a una familia que la  amaba y la protegía de forma responsable.

Hoy, en su sexto cumpleaños, con la barriga llena, descansando sobre la hierba recién cortada, y los rayos del sol reflejados en sus verdes ojos afilados, Leona contempla relajada su territorio, su casa y su familia, se siente plenamente feliz, y tiene la total seguridad de no encontrar en el mundo un paraíso mejor.

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“HORUS”

Publicado en la revista trimestral de marzo 2013 “La voz de Canópolis”, del Refugio de Fundación Trifolium, de Barcelona.

Horus, un mastín blanco de siete años, cariñoso y pacífico, que vivía feliz  con su familia, de repente un buen día, fue abandonado de manera cruel  en medio de un olivar. De estar calentito, bien alimentado y recibiendo mimos, pasó a verse solo, desorientado y desprotegido, obligado a luchar por sobrevivir.

Recorrió carreteras, pueblos y campos sin entender qué le había sucedido, buscando el camino de regreso a su casa, mendigando un pedazo de pan o una caricia amiga durante semanas. El hambre, el cansancio y la tristeza lo debilitaron tanto que fue incapaz de reaccionar cuando unos faros enormes lo deslumbraron en la oscuridad de la noche, y sucedió lo inevitable…
Afortunadamente, una mujer joven, que colaboraba como voluntaria en una protectora de animales maltratados y abandonados, lo vio debatiéndose entre la vida y la muerte al pie de una cuneta, y acudió en su ayuda. Con determinación, destreza y mucho amor lo envolvió en una manta, lo subió en su coche y lo rescató de un destino fatal.

Horus fue operado de urgencia en una clínica veterinaria donde reconstruyeron sus patas delanteras y su mandíbula, curaron sus heridas  y mitigaron los enormes dolores que padecía. Poco a poco, se fue rehabilitando y comenzó a caminar con normalidad. Consiguió superar las dificultades, y se ganó la admiración de todos cuantos le rodeaban, pues, a pesar de tanto sufrimiento, nunca dejó de mover su rabo ni de mostrarse agradecido.

Cuando estuvo algo mejor, el viejo mastín vivió una temporada en una casa de acogida, mientras las voluntarias de la entidad animalista que lo habían salvado, le buscaban un hogar apropiado y digno para él. Sin embargo, el esfuerzo de las voluntarias no dio sus frutos de inmediato y, una vez recuperado, tuvo que vivir en un refugio junto al resto de perros y gatos huérfanos en espera de ser adoptados.

Allí recibió alimento, cariño y seguridad, pero carecía de lo más importante: tener una familia que lo quisiera. Horus contempló, día tras día, cómo diferentes personas los visitaban, se paseaban entre las jaulas y seleccionaban a alguno de sus amigos perrunos o gatunos. Y nunca le tocaba a él… Por más que ladrara, moviera su cola o lamiera las manos de los visitantes, no conseguía llamar la atención de nadie. Y un sentimiento de frustración y desesperanza invadió su corazón. ¿Por qué era invisible para los humanos? ¿Por qué ninguna familia lo adoptaba? Si él tan sólo ansiaba amor…

Pasaron los meses y, justo cuando Horus se convirtió en el perro más veterano del refugio, en aquel que nadie elegía jamás y que parecía estar condenado a vivir para siempre en ese lugar, las voluntarias de la protectora recibieron la visita inesperada de una niña que venía acompañada por sus padres. Era el día de su cumpleaños y la pequeña de diez años había rechazado todos sus regalos. Según contó la madre, sólo deseaba rescatar a otro perro abandonado.  Y, aunque ya tenían una podenca  y una galga, todos estaban de acuerdo en aumentar la familia canina.

La niña y sus padres recorrieron el refugio y conocieron todas las historias de los perros y perras que podían ser adoptados. Una de las voluntarias les fue dando detalles del carácter, la personalidad o las manías  de cada uno de ellos, y fue valorando los más idóneos para la familia, según su perfil y necesidades. Surgieron varios candidatos, a los que sacaron de sus jaulas para ser presentados a la familia entre gemidos, meneos de rabos y lametones.  Después de un buen rato intercambiando caricias, la elección del más apropiado la dejaron en manos de la menor. Cuando le preguntaron a quién elegía para llevarse a casa, la niña lo tuvo claro, y respondió sin dudar:

–Al que lleva más tiempo en este lugar y nunca elige nadie…  ¡Quiero a Horus!

El perro, al oír su nombre, se abalanzó sobre la pequeña, lamiéndola y agitando su cola, contento, lo que le hizo reír a carcajadas. Los padres, al ver lo bien que habían conectado, aceptaron enseguida, y a las voluntarias se les iluminó la mirada. ¡Por fin, alguien había reparado en el gran olvidado! Aquella apacible tarde de primavera, Horus, un noble y  magnífico mastín, había sido premiado con un nuevo hogar.

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“EL ÁRBOL ENCANTADO”

Publicado en la revista de invierno 2014 “Homoartisticus” de PROEXDRA (Asociación de Profesores por la Expresión Dramática en España).

En una tarde de verano, mientras paseaba en soledad por la orilla de un mar en calma y la brisa de un viento acariciador rozaba suavemente mis hombros tostados por el sol, hice un meticuloso repaso a mi vida, sin olvidar ningún hecho relevante o poco importante que, pretendiéndolo o no, hubiera contribuido a formar la persona que hoy era. Iba interiorizando en mí y anduve como guiada por un impulso ajeno a mi voluntad, siguiendo a mis pies, que parecían dominarme por completo, sin reparar en nada, mirando sin ver, pensando en mis pensamientos, siendo tan sólo mente, como si mi cuerpo no existiera, sintiéndome libre, sin las ataduras de la materia…

El rumor acompasado de las olas me acompañaba en mi largo paseo, propiciando la profunda meditación, mientras su peculiar y salado aroma, maximizaba todos mis sentidos, envolviéndome con lazos invisibles que me unían sutilmente a su esencia, como si no existiera separación alguna entre el mar y yo, que era la arena. Y disfruté de aquella maravillosa sensación con plenitud.

El perfume del extenso pinar, al que me iba acercando, se unió a nosotros y pensé que no había en la Tierra un placer mayor, que la Naturaleza por sí misma eclipsaba cuanto estuviese a su alrededor, demostrando humildemente su grandiosidad.

Miré hacia los pinos y sentí deseos de impregnarme de aquel olor que me había fascinado siempre, lo que debió parecer una orden directa de mi cerebro a mis pies que, mojados por una efervescente espuma blanca, dejaban atrás la inmensidad marina para encaminarse hacia ellos con decisión.

Me acerqué lentamente, sin prisas, como si pretendiese alargar el deseado encuentro, y aspiré una y otra vez, consciente de que estaba llenando mis pulmones de un puro e inalterado oxígeno. Acaricié sus rectos troncos cubiertos por una corteza agrietada, observé sus originales hojas en forma de aguja y alabé sus piñas, que me recordaron las innumerables ocasiones en que saboreé sus deliciosos piñones cuando era niña.

Entonces, un pino más alto de lo normal, con una extraordinaria copa que sobresalía de las demás, y que permanecía camuflado a unos metros, surgió de entre todos y penetró en mi retina atrayendo mi atención. Cuando estuve a su lado, lo admiré recreándome en su frondosidad, jamás había visto nada igual. Un pino de aquellas dimensiones, ¡imposible!

Lo recorrí arriba y abajo sin salir de mi estupefacción y, como si me hubiese embrujado la fastuosa imagen que tenía delante de mí, fui incapaz de articular palabra. Me aproximé cautelosa y, lo abracé… Cerré los ojos, apoyé mi frente en su corteza rasposa y lo envolví con todo mi cuerpo, fundiéndome con él. Fue extraordinario… Pude sentir sus latidos y circular la sabia por sus arterias. ¡Estaba lleno de vida!

En pocos segundos, logramos que nuestros corazones bombearan a un mismo ritmo y me sentí relajada y en paz, dejé de ser yo para ser parte de él y el pino se convirtió en mí, transmitiéndonos a la par nuestras inquietudes, deseos y experiencias. Así averigüé lo evolucionado que era su espíritu, que había aprendido la aceptación y la paciencia, virtudes de las que yo carecía. Contemplaba la vida dejándose llevar sin complicaciones, aceptando sus adversidades y, sobre todo, aceptándose a sí mismo como pino, sin pretender ser algo distinto a su verdadera esencia. Absorbiendo cada segundo con la misma alegría. Del mismo modo, él supo de mí, conoció mis miedos y frustraciones, mis virtudes y defectos… Mi alma se desnudó ante aquel ser tan sabio y no me avergoncé porque percibí su comprensión.

–Tú también eres especial… –susurró alguien a mi oído y me sobresalté.

–¿Quién ha dicho eso? –pregunté asustada al comprobar que me encontraba sola en el pinar–. Debo de estar volviéndome loca… –Reí divertida– porque he oído una voz.

–No es fruto de tu imaginación…

–¿Eh? Pero, ¿quién me está hablando? – me retiré del árbol con precaución.

–No tengas miedo, no voy a hacerte ningún daño – aseguró una suave voz proveniente del interior del pino, lo que aumentó mi curiosidad y me acerqué con sigilo.

–¿Dónde estás escondida? – di una vuelta alrededor del árbol – No te veo.

–Mira con el corazón.

–¿Qué mire con el corazón? No te entiendo…

–Debes desearlo desde lo más profundo de tu ser, con la misma fe y bondad que un niño.

Aquellas palabras surtieron efecto y, casi por inercia, lo abracé de nuevo rodeándolo fuertemente con mis brazos. Cerré los ojos y me entregué al mundo de lo imposible sin dudarlo, dando rienda suelta a la fuente de las emociones.

De repente, una columna de luz dorada nos envolvió por completo y noté la presencia de alguien que acariciaba con delicadeza mis manos entrelazadas, sentí que un escalofrío recorría mi columna vertebral y entreabrí mis ojos con desconfianza.

–Ya puedes mirar… – sugirió sonriente la dueña de aquella deleitable voz y la obedecí.

–¿Quién eres? – pregunté tímidamente a la hermosa mujer que tenía delante de mí, suspendida en el aire, muy próxima al tronco del árbol que yo había estado abrazando.

–Soy Bímede, la ninfa que habita en este árbol.

Creía estar soñando, aquella especie de hada era el ser más bello que mis ojos habían contemplado jamás. Su piel clara y tersa, sus largos cabellos rojizos y sus enormes ojos azules, hubieran hecho perder la cabeza a cualquier mortal. Vestía una túnica de verdes hojas en forma de aguja que ceñían su cuerpo atlético, dejando al descubierto sus hombros perfectamente redondeados. De su pelo pendían diminutas piñas, propias del pino que habitaba, y en la mano portaba un papel amarillento enrollado, que parecía un manuscrito antiguo.

–A pesar de que la mayoría de los habitantes de nuestro planeta – continuó desde las alturas – no cree en nuestra existencia, somos reales. Pertenezco al conjunto de deidades que componen los bosques, otras hermanas se encuentran en las aguas, en las selvas…

–¿Tienes poderes?

–En efecto, aunque son muy limitados

–¿Vives eternamente? – avancé hacia ella para observarla mejor.

–¡En absoluto! Nuestra vida dura lo que la del árbol  al que estamos unidas.

–Entonces, cuando en verano se destruyen tantos bosques, ¿qué sucede con vosotras? – la fascinante ninfa enmudeció– ¡Oh, cielos! ¿Morís vosotras, también?

–Ya te he dicho que vivimos el mismo tiempo que el árbol que habitamos – sonrió con tristeza y aquello me rompió el corazón – No sientas pena, así está dispuesto y nosotras lo aceptamos sin objeción.

–¡Pero eso no es justo!

–¿Quién sabe el verdadero significado de la palabra justicia? En el universo de las ninfas lo único importante es realizar perfectamente la función para la que fuimos creadas – la miré absorta y sonrió de nuevo– Las designadas a los bosques, acompañamos a los árboles desde su nacimiento hasta su fin, velando por su desarrollo y crecimiento para que cumplan, al igual que todo ser vivo, su misión personal – hizo una breve pausa y prosiguió – Si se trata de un árbol frutal, que dé sus mejores frutos, para ello lo protegemos frente a plagas y depredadores; en caso de tratarse de un árbol de sombra, cuya única función es dar cobijo y belleza al caminante, que se haga frondoso y dé sus mejores hojas y flores.

–¿No podéis protegerlos de los incendios  y de los actos destructivos de algunos humanos?

–No tenemos poder para eso… Sin embargo, en ocasiones, con la ayuda de otras deidades y de los gnomos que habitan en el interior del planeta, hemos abortado el inicio de pequeños incendios producidos por los descuidos de visitantes poco concienciados – suspiró – En cambio, cuando son provocados desde diferentes puntos del bosque a un mismo tiempo, es imposible detenerlos.

–Bímede, lo siento mucho – titubeé avergonzada – Si puedo ayudar en algo.

–¡Claro que puedes! – exclamó entusiasmada señalando el pergamino que sujetaba – En este papel que ves en mis manos, está escrito un mensaje que debes transmitir a todo el mundo, sin preocuparte de las consecuencias derivadas del mismo, pues sabemos que sólo surtirá efecto en seres de buena voluntad y limpios de corazón.

–¿Qué dice este mensaje? – me lo tendió y lo cogí intrigada – ¿Quién lo envía?

–Ahora tengo que irme…

–Espera, por favor… – rogué desesperada – Tienes que explicarme aún…

–Te he pasado el testigo de la lucha por un cambio de conciencia en la Humanidad y debes decidir si tu compromiso es auténtico con la Tierra… – su imagen se difuminaba lentamente ante mí, al tiempo que el contorno del enorme pino ganaba intensidad – Léelo a solas, conectando con tu propia esencia y, una vez que hayas meditado, sigue los dictados de tu corazón.

Esas fueron sus últimas palabras y desapareció. En cuyo instante, cobraron viveza todos mis sentidos externos, el rugir del mar, ahora más revuelto que antes del encuentro, retumbó bruscamente en mis oídos y el fino aroma de los pinos penetró por mis fosas nasales deleitando el momento de mi despertar. Advertí que la noche había caído y miré la playa desierta a la luz de una luna llena, que iluminaba con romanticismo el lugar.

Dejé atrás el pinar y busqué un rincón apartado entre las dunas para descubrir en la soledad de mi espíritu con el Cosmos tan preciado mensaje. Una vez acomodada, desenrollé con cuidado el pergamino y leí:

“Muchos de vosotros no sois conscientes de la gravedad de vuestras acciones, actuáis sin medir previamente las consecuencias y causáis daños irreparables de un valor incalculable, pero aún es más grave cuando, siendo plenamente conscientes, anteponéis intereses indignos.

¿Os habéis parado a pensar que el planeta tardará miles de años en recuperarse de tantos incendios en sus bosques, de innumerables vertidos tóxicos en ríos y mares, de incontrolables pruebas atómicas y de excesiva contaminación de la capa de ozono? ¿Creéis que la destrucción que ocasionáis es ajena a vuestro destino en común con vuestro planeta?

Os equivocáis, hermanos, al pensar que vuestra existencia es independiente. Debéis cuidar el planeta que os acoge porque es un ser vivo como vosotros, que siente y padece, y que si lo maltratáis, tardará mucho tiempo en recuperarse.

       Al destruirlo, os destruís a vosotros mismos.”

 

                                                      Firmado:   La Tierra.

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EN POEMARIOS

 “LA PUERTA DE LA VIDA”

Sentí como si lo conociera,
Como si de nuevo su profunda voz,
Y la luz de su mirada,
Despertaran mi alma,
Recuerdo de amor  y pasión desmedida.

Soñé ser sirena cantadora
Que le embriagara
E hiciera prisionero, cual Ulises,
Hasta el final de los siglos,
Eternamente atado a mi corazón.

Imaginé, mientras  disfruté con su presencia,
Navegar por los océanos de su cuerpo,
Y con el poder de  mi brújula mágica,
Conducirlo hacia calas inabordables,
Ávidas de ser conquistadas.

Deseé, en el umbral de la puerta de la Vida,
La que huele a leche y a miel,
Dejar de ser yo, para ser él,
Fusionar el dos en la unidad,
Lograr la alquimia perfecta.

Y quise, y aún quiero,
Ser montaña que albergue sus cumbres más altas,
Gozar con su gozo,
Probar el calor de su cuerpo,
Recrearme en sus silencios, y morir.

Incluido en “Libro de Érato” 2010, editado por la Institución Literaria Noches del Baratillo de Sevilla, con la colaboración del Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla. 


 

“VERSOS TERAPÉUTICOS”

A tu poesía, acudo,
Cada instante…
Maestro de la palabra,
Porque en ti hallo el refugio
Y el consuelo para seguir viviendo.

Trovador de sentimientos,
Que embelesa amaneceres
Perfumados de dama de noche y jazmín
Bajo estrellas inquietantes,
En una plaza cualquiera.

Espíritu libre,
Cuando la noche oscura me envuelve
Y grilletes invisibles
Esclavizan mis sueños de amor,
Deseos de mujer, inalcanzables.

Paño de lágrimas,
Cuando mis entrañas marchitas
Lloran la pérdida de mi amado
Y mi boca anhelante suspira
Ante el recuerdo de su aliento.

Amante exhausto, y feliz,
Cuando el gozo cautiva mis sentidos,
Porque fui suya,
Y él fue mío,
Porque percibí el universo en sus ojos.

A ti, por siempre, Miguel.

Incluido en la antología “Poetas con Miguel Hernández” en Rosal de la Frontera, editado por el Ayuntamiento de Rosal, dentro de los actos de celebración del I Centenario del nacimiento del poeta.

 

 

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